Es una celebración sencilla, sobria, sin música ni ornamentos y centrada en la muerte de Jesús. La homilía la realizó el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia quien señaló que ¨la muerte de Jesús cambió el sentido de la muerte¨.
El papa Francisco presidió la ceremonia del Viernes Santo, la celebración de la Pasión del Señor, en la Basílica de San Pedro. En este día en el que Iglesia recuerda la muerte de Cristo en la Cruz, no se celebra misa, único día del año. La celebración litúrgica incluye una celebración de la Palabra, la lectura de la Pasión según el Evangelio de San Juan, la adoración de la Cruz y concluye con la comunión eucarística. Es una celebración sencilla, sobria, sin música ni ornamentos y centrada en la muerte de Jesús.
Antes del comienzo de la ceremonia, los celebrantes se postran en el suelo, ante el altar. Es un símbolo de cómo la humanidad implora perdón por sus pecados. Así lo hizo el papa Francisco, vestido de púrpura en recuerdo de la sangre de Jesús derramada en el Calvario.
El Santo Padre, postrado en el suelo, oró durante unos minutos junto a todos los fieles arrodillados presentes en la basílica. Después de ese instante de oración silenciosa, el pontífice, con la ayuda de los ceremonieros, se puso de nuevo en pie y se procedió a la proclamación de la Palabra.
Tras las lecturas, se descubrió la cruz y se adoró con la siguiente aclamación pronunciada tres veces: “Miren el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. ¡Vengan a adorarlo!”.
La homilía la realizó el sacerdote capuchino, padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia quien señaló que a pesar de las muertes registradas todos los días por la crónica, después de dos mil años, la de Jesús se sigue recordando porque cambió el sentido de la muerte. Señaló que la cruz, en la sociedad líquida en la que vivimos, representa “un punto fijo”, un “No” definitivo e irreversible de Dios a la violencia, a la injusticia, al odio, a la mentira, a todo lo que llamamos “el mal”; y, al mismo tiempo, es el “Sí”, igualmente irreversible, al amor, a la verdad, al bien. “No” al pecado, “Sí” al pecador. Es lo que Jesús ha practicado durante toda su vida y que ahora consagra definitivamente con su muerte”, expresó el padre Cantalamessa. En este sentido, señaló que “el corazón de carne, prometido por Dios en los profetas, está ya presente en el mundo: es el Corazón de Cristo traspasado en la cruz, lo que veneramos como ‘el Sagrado Corazón’. Al recibir la Eucaristía, creemos firmemente que ese corazón viene a latir también dentro de nosotros”.
