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Psicosis y custodia policial en el Colegio San Francisco por una amenaza de tiroteo

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La tranquilidad del Barrio Norte se vio sacudida este miércoles por un despliegue policial inusual en las puertas del Centro Educativo Franciscano San Francisco.

 Lo que debería haber sido una jornada escolar más, se transformó en un escenario de tensión y miedo tras el hallazgo de una inscripción en el baño de varones que vaticinaba un "tiroteo" para el 15 de abril de 2026.

La amenaza, aunque grabada de forma anónima en una pared, obligó a las autoridades del nivel secundario a activar protocolos de emergencia, dejando al desnudo la fragilidad de la convivencia en una de las instituciones más tradicionales de la capital tucumana.

La respuesta de la dirección, coordinada con la supervisión del Ministerio de Educación, consistió en la presencia de efectivos dentro del establecimiento, una medida que genera sentimientos encontrados entre los padres: alivio por la seguridad inmediata, pero espanto ante la imagen de uniformados custodiando las aulas. Este tipo de episodios no pueden leerse como simples travesuras adolescentes en un país que, apenas semanas atrás, se estremeció con la tragedia real en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe. 

Resulta imperativo analizar el trasfondo de estos actos en un contexto de desfinanciamiento educativo y un discurso público que, desde las esferas más altas del Gobierno nacional, suele coquetear con la violencia y el individualismo extremo. Cuando se recortan presupuestos en salud mental y se desatienden los programas de convivencia escolar, el Estado abandona su rol preventivo, dejando a los docentes y directivos la imposible tarea de contener brotes de agresividad con recursos escasos. El Colegio San Francisco hoy es el reflejo de una sociedad donde el conflicto escala rápidamente hacia la amenaza de muerte, alimentado por una cultura de la confrontación permanente.

En su comunicado, las autoridades del colegio apelaron a la "responsabilidad" de las familias para el control de las pertenencias de los alumnos, un pedido que suena a desesperación frente a la imposibilidad de controlar lo que ocurre en el seno de cada hogar. Sin embargo, el problema es sistémico: la falta de horizonte y la crispación que baja desde el poder político permean en los más jóvenes, quienes replican en las paredes de los baños la misma violencia que consumen en las redes y en la calle. No basta con la custodia policial si no se ataca la raíz de una anomia que parece estar carcomiendo las instituciones básicas del país.

Hacia el final de la jornada, el objetivo de "favorecer un ambiente seguro" parece haber sido cumplido en lo formal, pero el daño institucional es profundo y la herida en la comunidad educativa queda abierta. Mientras el oficialismo nacional celebra el ajuste sobre las estructuras de contención social, las provincias deben lidiar con las consecuencias directas de la desidia: escuelas blindadas y alumnos que ven en la violencia la única forma de expresión posible.