Era agosto de 1934. Hacía exactamente once meses que la Década Infame había iniciado su derrotero para darle a los pobres: más pobreza. El día 6 nace en Las Cejas, Héctor Costilla Pallares. Fueron 12 hermanos, el padre fue ferroviario y su madre cuidaba la casa. La ama, era la miseria. Hoy se ríe diciendo que después que la cigüeña lo trajo la condenaron a muerte.
El Revisor de Trenes iba con Héctor chiquito, su tacho con aceite y estopas en la mano vigilando que los vagones estuvieran en orden para transitar por las vías que todavía eran inglesas. El paraje era todo monte. En una piecita de madera “había que ver cómo hacíamos para que no nos lleve el viento, agarrábamos todo lo que había adentro, por supuesto que los mueble -no eran Luis XV- baúl, mesas, sillas y nos amontonábamos. Dormíamos 4 en una cama, 2 para el lado de la cabecera y 2 para el lado de los pies. Cuando hacía frío metían todo arriba de la cama: tapado, sacos, pulóveres, hasta olla, con esto nos tapábamos. La única estufa era un brasero y para correr los mosquitos quemábamos guano”.
Al tiempo los trasladaron a Güemes, Salta, donde había otra central ferroviaria. Acá conoció la escuela. “Me matricularon para 1º grado, debo haber tenido 5 ó 6 años cuando iba al basural en busca de paquetes de cigarrillo que venían con un envoltorio que usaban las peluqueras, le ponían a los onduladores para hacer la croquiñol. Le vendíamos, ¡bah! le dábamos y ellas nos daban algunas moneditas.
Esto ya era más pueblo así que íbamos a repartir los volantes del cine de ahí. Nos daban un cartel para que vayamos a dar una vuelta al pueblo para que la gente vaya. Era hermoso. Nos pagaban 10 guita y encima nos daban la colada en el cine. Cuando llegué a mitad de año -de Primero Inferior- la maestra tuvo la tremenda ocurrencia de decir este chico es muy inteligente para primer grado hay que pasarlo a Primero Superior. Inteligencia con picardía no sé si tienen algo que ver. Porque la picardía le va imponiendo la vida: para subsistir.
Para el invierno, antes de llegar al ‘40. Nos daban un jarro con leche y unas galletas. El domingo, íbamos a la casa de la directora y ella nos daba la leche, como no iban todos los chicos, nos empanzábamos de comer arroz con leche. ¡Diez puntos! tomábamos la leche toda la familia. También nos daban una bolsa de maíz y mi mamá amasaba porque ahí todas las viejas amasaban. Era un concurso de pobreza. Lo dice para darle cierta gracia, a un momento de su relato que el recuerdo parece arrancar algunas lágrimas de dolor.
No sé si era porque mi viejo se portaba bien (carcajada) pero lo trasladaban a cada momento. De ahí, vamos a Ingeniero Juárez, allá adentro de Formosa. Cuando pasaba el tren –era un suceso- porque no andaban ni los cuervos. Con mi hermana más grande iba a vender bollo y empanadas. Como no tenían plata los pasajeros nos daban papelitos de cigarrillo, cintos o cosas que ellos fabricaban. Eran pobres como nosotros.
Ahora sí, no hay dudas. A Don Héctor se le llenan los ojos de lágrimas y evoca “he sido muy, pero muy amigo de mi viejo y él de mí. Se levantaba a las 4 de la mañana y yo me iba con él”.
Después lo trasladan a La Quiaca. Estuvimos 2 años y fue como un castigo de la vida. ¡Se vino todo tan mal además el frío era tremendo! A mi papá le dieron un vagón de leña, para que tenga para calentarse. No había en ese tiempo carne vacuna, había que comer, cordero, oveja o llama. El frío hacía que nos quedáramos cerca del brasero hasta tarde porque ir a la cama era un suplicio. Llegó la malaria en gran forma.
Íbamos a la Estación a esperar que pasen los trenes de carga llevando trigo a Bolivia y recogíamos lo que se derramaba de las bolsas. Comimos cerca de un año sopa, guiso de trigo y no sé cuantas cosas que hacía mi mamá.
Pasábamos por el puente a Villazón, Bolivia y cuando vos pagabas con un peso te lo cortaban por la mitad para darte el vuelto, parece macaneo, pero es verdad. Encuentro un medio billetito de esos y me compro un picante de panza ¡encima me dan el vuelto!, unas cuantas moneditas. Me la meto en la boca y era picante, ellos lo comían como si fuera chocolate, hasta ahora sigo corriendo con lo que he probado ese día..
De La Quiaca nos venimos a vivir a un conventillo en la calle Córdoba 967 donde ahora es el PAMI. El dueño de ahí era un tal Lagussi que lo quería vender porque había un comprador que era Pucci-Villafañe, que tenían almacén por mayor y el local minorista estaba en la calle Muñecas primera cuadra, donde ahora es Garbarino o por ahí. El reportaje se parece más un monólogo. Es que la historia de vida de Costilla Pallares no merece ser interrumpida.
Vivíamos en la pieza 44. Era increíble. Había una que decía que estaba poseída, que los viernes la visitaba el demonio, que echaba pelos por la boca y todo el mundo creía. Entraban las gitanas y decían no entren ahí porque está el demonio. La pobre mujer, era una cirrosis. Decían, para que no te hagan el mal, hay que recibir con la mano izquierda o hay que ponerse un calzoncillo de un Juan. Todas esas cosas entraban por la ignorancia que era la hija de la pobreza.
Había una señora que tenía radio y venían todas las vecinas -a la siesta- a escuchar y si vos te enojabas con la dueña de la radio, ¡chau!, perdían el capítulo del otro día.
Otro tipo de los que vivían ahí, Bobba, era el revoltoso. Hacía que la gente golpeara las ollas reclamando cosas. Mientras golpeaban las tapas de las cacerolas dicían ¡abajo Lagussi, muera Lagussi! porque era el dueño que quería vender el conventillo y nos querían desalojar. Bobba nos ha empezado a cortar el agua, han cortado la luz de los baños y todo, hasta que un día ha llegado el Oficial de Justicia con el camión de bombero y no les ha importado que estaban cocinando, eran las 10 de la mañana, lo poco que tenían. A sacar todo porque se van ya. ¡Ya, y ya! Nos han cargado en el camión de bomberos, y nos han llevado al predio que tenía la Volanta en la Jujuy al 2.000 ó al 3.000, por ahí. Ya habían preparado unas carpitas para cada uno, ¡entren como puedan! ahí en las carpas. A nosotros nos han traído al cuerpo de bomberos donde estaban los fardos de alfa que le daban de comer a los caballos, ahí han hecho un hueco y nos han metido.
La pobreza no nos quería soltar. Entonces mi papá nos había repartido entre familiares, compadres y amigos. Yo he ido a la casa de una tía y ahí me inscribí en la escuela Salustiano Zavalía. Era bueno, leía e interpretaba, era una barbaridad pero en tercero ya he desbarrancado. Ya me ha salido el conventillo. A la mañana iba a lustrar zapatos. Tenía el cajoncito y tendría 8 años. Ya tenía bronca porque lo que había ¡no alcanzaba! y he empezado a portar mal en la escuela.
Don Héctor, el mismo que suele escribir sus columnas graciosas en el más grande matutino de la provincia de Tucumán, vuelve a bajar la cabeza y no se ríe.
En 4º grado la directora le dice a mi mamá o lo saca o lo expulso. Yo peleaba por cualquier cosa, le quitaba el sanguche de mortadela a los chicos que compraban, a los que estaban comprando caramelo ahí. ¡Es que la miseria es así! Íbamos a comer al Ejército de Salvación, era tremendo eso. Volvía de la escuela y volvía a agarrar el cajón hasta eso de las 9 de la noche. ¡Qué te ibas a poner a hacer los deberes! si la cena era un pedazo de pan con un poco de aceite o con una lata de picadillo y untaba la vieja para 5, para 7, o para 8 que éramos.
Ya mis hermanos más grandes se habían ido a Buenos Aires en el carguero. Se subieron en la Bernabé Araóz y Crisóstomo porque el tren pasaba despacito. Se han ido a ver qué pasaba y uno ha vuelto tuberculoso porque también allá es lo mismo. El hambre es igual en todas partes y aquí qué iba a hacer, si acá ya no te quedaba nada.
Es evidente que en estos días, todavía convive con los recuerdos de un penoso pasado. Una historia común para muchas familias tucumanas, pero tal vez inimaginable para Don Héctor. Quien evoca su fanatismo por el fútbol y por San Martín en particular. Un camillero no lo quería llevar a la cancha, porque era peligroso. Los recursos no se le agotaron: le robó el gorro, que hubiera sido motivo de sanción no tenerlo, y se lo canjeó por la ida al estadio.
En su andar, Héctor Costilla Pallares, caminaba la 25 de Mayo y veía los cosos esos con corbatita, camisita blanca, zapatos lustrados y decía: si yo puedo hacer eso. Es así que se inscribió en la academia de dactilografía Pitman casi sin saber leer ni escribir.
De ahí salgo diplomándome, escribiendo 50 palabras por minuto ¡sin mirar! De gramática sabía menos que Adán, nada, nada, de nada, de nada. Qué sabía yo lo que decía ahí pero copiaba textual. Increíble!!!!
Ah, antes había trabajado en la peluquería Foglia en la Mendoza antes de llegar a la San Martín. Don Foglia tenía un cajón de lustrar, ahí entonces yo le lustraba a los que estaban cortándose el pelo. Íbamos a media, él ponía los materiales y yo la mano de obra.
Un amigo me lleva al bar Vidal, que animaba Alberto Dahan en los bailes de carnaval y vamos a los bailes del Club Estudiantes. En un momento, él sale a bailar y me dice agarrá el micrófono vos y llamá al tipo que están buscando. Le digo no, estás loco, dale, dale que se acaba el disco y lo llamo. Fue mi primera relación con el micrófono. Después le disputaba el liderazgo de la animación al mismísimo Alberto Dahan.
Algo estaba cambiando. Después empiezo a travesear en los bailes, porque en esa época había paseo en las calles y yo animaba exitosamente. Un amigo le dice a -Remigio- Abregú y me lleva a mí para que informe desde otra cancha cómo iba el partido desde otro lugar y se informaba por los altavoces. Como ahora es la Voz del Estadio. Me prueba y entro a trabajar en ese equipo. Hasta que un buen día un señor Argañaraz que pasaba los resultados del hipódromo, se jubila o qué sé yo y Abregú me pregunta si me animaba. Por supuesto soy capaz de bailar como odalisca arriba de la terraza. ¡Me animo a todo!
Ahora tenía que escribir y empieza el drama mío, no quería copiarle a nadie, me he empezado a rebuscar con el estilo medio de humor, medio de lunfa y les ha caídos bien porque yo estaba traicionando todas las reglas del comentarista. Hablaba como quería y como parecía que estaba hablando en joda, crían que era el gran creativo, pero hablaba así porque era que no sabía. A medida que iba haciendo eso, trataba de incorporar la terminología más académica todo eso. Iba tratando de aprender.
Plácido Paz hacía el humor en La Gaceta. Un día se va de la empresa. Como el Negro Terribile era amigo de Abregú y como me veía que era tan “locuacito”, me dice ¿por qué no escribís esos chistes en Noticias. Y porque no sé escribir le digo. Vos traé los chistes yo te los voy a escribir. O escribilo vos yo te los voy a ir corrigiendo. Tenía mi columna de humor en La Noticia. Cuando se va Plácido Paz, Benejam me dice porque no viene a La Gaceta. Al humor tenía una cierta facilidad para manejarlo, -fanfarroneando un poco- te digo que tenía chispa. Y ha andado bien tanto que los domingos tenía una columna todo a lo ancho de la página.
También me he empezado a meter en el gremio porque de ahí ha salido el gremio, de La Noticias. Almirón nos prestaba en el local de los gráficos con dos mesas y sillas y desde que se ha fundado hasta ahora nunca, nunca he dejado de ser dirigente. No he faltado nunca a una asamblea.
En la actualidad, Costilla Pallares se considera el periodista más premiado de Tucumán. Donde vivo, en La Banda del Río Salí, 4 intendentes de distintos signos políticos me dieron el premio al vecino destacado, a la trayectoria. La municipalidad de la Capital me ha nombrado el mejor periodista del año de la provincia. Tengo 4 nominaciones para el Martín Fierro, el Colegio Tulio García Fernández, la Asociación de Prensa también me distinguió, el Círculo de Periodistas deportivos también me distinguió. La medalla dorada de la Radio. Me convocan a Mar del Plata con la señora Mirtha Legrand, con Jorge Guinzburg porque era uno de los nominados también. Cuando te despertás a los dos días y te volvés a encontrar con un humilde guiso de arroz en tu casa y viviendo como has vivido siempre.
El Círculo de la Prensa ha dado un premio a Deseein, a Ardiles Gray y a mí, esa misma noche y discursiamos los 3. El orgullo desplazó en estos momentos a las penas y las lágrimas que se dibujaron en la primera parte del relato.
¿Cuando hacía los comentarios, qué miraba?
Muy simple, era un espectador más. Al trámite del partido lo descubría enseguida porque no hay mucho que descubrir en el fútbol. De acuerdo al trámite del partido uno trata de explicarlo, no todos son iguales. Sino sería fácil. Simplemente lo que a uno le pareció el partido. Primero globalmente después analizado por líneas que es más fácil. No todos los avances no son ataques. A mi me resulta más fácil porque toda la vida he jugado el fútbol porque he jugado hasta con naranja agria, entonces me resulta más fácil.
El hincha es muy particular. Cuando más sencillo lo haga, cuando menos complicado sea la gramática porque es para que entienda todo el mundo.
*El título viene solo, se le ocurre a uno o lo trae de la tribuna, le roba la ocurrencia al público. Escribía como se escuchaba. En una de las columnas se me ocurrió llamarla "caprichosa" a la pelota. Yo le quería pegar para que se vaya para allá pero si iba para otro lado. Hoy lo usa Quique Wolf, lo he leído en varios comentarios".
"Pamperito" Toledo un jugador de San Martín herraba el gol en la puerta del arco y no podía convertir el gol. Entonces digo este no le hace un gol, ni al arco iris. Hoy lo escuchás en Buenos Aires, en Rosario y yo lo ponía en La Gaceta una vez que uno lo hace público ya es de todos. Es increíble, es increíble como lo van llevando a los chistes, a los cuentos. No hay nadie más ocurrente que el tucumano, el santiagueño, el cordobés. Ahí lo enriquecemos nosotros a ellos. / Félix Justiniano Mothe