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Adiós a Taty Almeida, la hija de militares que se convirtió en Madre de Plaza de Mayo

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Su vida cambió para siempre el 17 de junio de 1975, cuando su hijo Alejandro desapareció. Su búsqueda la llevó a sumarse al movimiento de derechos humanos y convertirse en un símbolo de lucha y perseverancia.

La noticia circuló veloz por los celulares. “Murió Taty”, decían quiénes se enteraron. No hacía falta más datos para saber de quién se trataba. Era Taty Almeida, presidenta de Madres de Plaza de Mayo, cuya voz y sonrisa eran un símbolo para muchos.

Fue parte de ese grupo de mujeres que tuvieron que reinventarse para buscar a sus hijos desaparecidos por la última dictadura. Era muy querida por su ternura y tozudez. A quiénes flaqueaban en los momentos difíciles, les recordaba: “Repitan y digan bien fuerte: Si las Madres pudieron, ¿por qué no nosotros?”.

Taty estuvo internada tres semanas en el Hospital Italiano. Estaba por cumplir 96 años. Las últimas imágenes públicas de ella fueron las marchas por el 24 de marzo y el reclamo universitario. Era llevada en silla de ruedas. Tenía anudado un pañuelo blanco en su cabeza, con el nombre de su hijo Alejandro y 17 de junio de 1975, día de su desaparición, bordados.

A pesar de su movilidad reducida, mantenía esa sonrisa característica y el vozarrón que levantaba cualquier movilización. Para muchos fue una de las Madres de Plaza de Mayo más conocidas y queridas. Participaba en infinidad de movilizaciones y actos y tenía un mensaje simple, pero claro. “Las Madres pedimos siempre justicia legal, no venganza”, repetía una y otra vez para resumir el camino que recorrieron desde que la represión ilegal les arrebató a sus hijos.

Ella tenía la “peculiaridad” de haber sufrido la desaparición de Alejandro antes del golpe del 24 de marzo de 1976. Por eso fue una de las que más insistió en recordar que la represión ilegal empezó antes de la última dictadura. Era encantadora cuando contaba cómo su hijo la “parió”. Él solía burlarse de ella. La abrazaba y le decía “Esta gorilita de mierda… Sin embargo, yo la quiero tanto”.

Esa frase la acompañó siempre, fue la escena que volvió una y otra vez en los casi 51 años que pasaron desde la última vez que lo vio. “Ya me afeité”, aclaraba, entre risas, para explicar que la búsqueda de su hijo la llevó a revisar la visión de la política que había mamado en el seno de una familia militar, donde no simpatizaban con el peronismo y miraban a la política con desconfianza.

La búsqueda de Alejandro

La vida de Taty cambió para siempre el 17 de junio de 1975. Aquel día su hijo Alejandro, de 20 años, se fue de repente de su casa, justo cuando Taty había servido la comida. “Mamá, ya vengo”, le dijo y se fue. Las horas pasaron, pero él no volvió. Entonces, preocupada, salió a buscarlo. Esa peregrinación la llevó por un camino doloroso y golpeó las puertas de militares conocidos: Orlando Ramón Agosti, Leopoldo Fortunato Galtieri, Albano Harguindeguy y Ramón Camps, entre otros. Ninguno la ayudó.

Hasta ese día, la vida de Lydia Estela Mercedes Miy Uranga (la familia le decía Taty) había transcurrido sin grandes sobresaltos, lejos de la política. Había nacido el 28 de junio de 1930 en el seno de una familia militar, no muy simpatizante del peronismo cuando ese movimiento irrumpió en su adolescencia.

Su padre fue integrante de la armada de caballería y llegó a retirarse con el grado de teniente coronel. A los 21, Taty se recibió de maestra y se casó con Jorge Almeida, también de la familia castrense. Tuvieron tres hijos (Jorge Martín en 1953; Alejandro Martín en 1955 y María Fabiana en 1956).

En 1970, Taty decidió divorciarse y le pidió a sus hijos que trabajasen para ayudar con los gastos. Ella consiguió trabajo como secretaria de un consultorio y, en paralelo, haciendo encuestas. La desaparición de Alejandro fue un tornado que revolvió su vida cotidiana. Salió a buscarlo por todos lados y, después de varios intentos fallidos, se acercó a la Casa de Madres.

No fue una decisión fácil porque temía que desconfiaran de ella por su familiar militar. “¿A vos quién te falta?”, le dijo María Adela Gard de Antokoletz, entonces vicepresidenta de la asociación. Taty lloró y se culpó a sí misma. María Adela la consoló y la entendió como sólo alguien que pasó por algo similar puede hacerlo: “Cada Madre tiene su momento, y este es el tuyo”.

En el camino de la búsqueda de su hijo, Taty descubrió que militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Ni lo sospechaba. Con el tiempo, conoció a compañeros suyos que le fueron contando su compromiso y cómo vivió los últimos meses de vida. Un día encontró una libreta de Alejandro, donde escribía poemas. Tampoco lo sabía. Los hijos pueden ser un mar de misterios. Fue una emoción, una manera de estar con él y escuchar sus palabras.

Años después, logró editarlo en un libro. Uno de los poemas la conmovió especialmente. “Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre, porque para vos los tres seguimos en él, si me sorprende lejos de tus caricias que tanto me hacen falta, si la muerte me abrazara fuerte como recompensa por haber querido la libertad, y tus abrazos entonces sólo envuelven recuerdos, llantos y consejos que no quise seguir, quisiera decirte mamá que parte de lo que fui lo vas a encontrar en mis compañeros. La cita de control, la última, se la llevaron ellos, los caídos, nuestros caídos, mi control, nuestro control está en el cielo, y nos está esperando. Si la muerte me sorprende de esta forma tan amarga, pero honesta, si no me da tiempo a un último grito desesperado y sincero, dejaré el aliento el último aliento, para decir te quiero.”

En el último tiempo el recuerdo de su hijo volvía con más fuerza. “Es mentira eso que te dicen que el tiempo cura las heridas: yo cada vez lo extraño más. Yo querría tener aunque sea un huesito de Alejandro”, decía. El 18 de abril de 2025 Taty Almeida recibió el Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires (UBA) por su rol en la construcción de la democracia argentina y en la búsqueda de justicia por los crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado. Taty agradeció el reconocimiento y recordó a su hijo Alejandro: "Antes que nada era un militante político".

"Quedamos tres Madres, nada más, y dos Abuelas", dijo entonces. Su voz no expresaba nostalgia. A pesar de todo, tenía cierta paz. "Ya hemos pasado la posta. De a poquito, porque a pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie", dijo. Así será./ambito.com