Las recientes convocatorias adolescentes que se viralizaron en redes sociales generaron una avalancha de críticas y estigmatizaciones, exponiendo nuevamente la brecha entre el mundo adulto y las dinámicas juveniles contemporáneas. Sin embargo, lejos de tratarse de situaciones insólitas, este tipo de reuniones responde a patrones sociohistóricos donde cada generación encuentra sus propios códigos de expresión y comunicación. El psicólogo social Emilio Mustafá explicó que “cada generación en cada momento histórico tiene sus formas particulares de expresarse”, comparando la escena actual con fenómenos de décadas pasadas como el tango a principios del siglo XX o la lambada durante los años noventa.
Según el especialista, uno de los aspectos más significativos de estas concentraciones es que surgen como una respuesta natural frente al aislamiento y a la creciente hegemonía de las plataformas digitales en la vida cotidiana. En un ecosistema donde prima la virtualidad y las interacciones suelen diluirse a través de una pantalla, la búsqueda del contacto presencial adquiere un valor terapéutico e integrador para la juventud. Al respecto, Mustafá destacó que “es sano poder tener nuevas formas de encuentro que no estén tan mediadas por la virtualidad” y, en ese sentido, subrayó que estas iniciativas evidencian una marcada necesidad de vincularse cara a cara, bailar y hacerse presentes en la esfera pública sin mediaciones tecnológicas.
El rechazo y la ridiculización que suele acompañar a estos eventos revelan además una postura intolerante por parte de sectores adultos que optan por la cancelación en lugar de la comprensión. Estas reacciones no solo desvalorizan las vivencias de los adolescentes, sino que invisibilizan los complejos procesos de construcción de identidad que atraviesan en la actualidad. Según Mustafá, “el problema es que estamos en un momento de un mundo adulto que mantiene discursos de odio y ridiculiza a los chicos", ante lo cual "resulta indispensable superar los preconceptos sociales para abrir canales reales de diálogo y escucha activa".
Profundizando en su análisis, el especialista retomó el concepto de presente continuo, un fenómeno que describe un forma de vivir la cotidianeidad de una manera fugaz, inmediata y sin espacio para la reflexión. “Hay una saturación de la información que a veces impide el proceso de reflexión”, detalló Mustafá. La realidad es que los jóvenes están atravesados por la inmediatez impuesta por las redes sociales y un flujo constante de información, lo que genera una percepción del tiempo distorsionada, donde los fenómenos virales se agotan a una velocidad vertiginosa y dejan poco margen para pensarlos. En ese dinamismo, las tendencias quedan obsoletas en cuestión de semanas. Lo preocupante, subrayó el especialista, es que el ritmo acelerado de las relaciones virtuales condiciona fuertemente la manera en que los adolescentes procesan sus experiencias, construyen subjetividad y se relacionan con su entorno.
Es allí donde surgen estas manifestaciones públicas como un pedido implícito de orientación frente a un contexto social fragmentado, donde las instituciones tradicionales parecen haber perdido la capacidad de acompañamiento. Fenómenos graves como la ludopatía infantil o los preocupantes índices de vulnerabilidad juvenil reflejan la urgencia de fortalecer las redes de contención. “Es un grito que tiene esta generación no solo de que la escuchen, sino de que la sostengan y la guíen”, agregó Mustafá.
Por eso, concluye el psicólogo, la respuesta de los adultos a estas nuevas prácticas debería ser de compresión y no de ridiculización. Se deben fomentar lugares de expresión sin estigmatizar sus códigos como paso fundamental para delinear proyectos de futuro inclusivos. “Hace falta volver a encontrarnos en los jóvenes pero también como sociedad. Es importante habilitar la palabra, fomentar la empatía y desmantelar las narrativas de odio para garantizar que la juventud pueda desarrollarse dentro de un marco de respeto, contención e integración social", sentenció.